MISERY

 Por: Candelaria Saldaño Vicente

 Hay obras que no se dejan mirar: te muerden. Se te meten debajo de las uñas, te hacen un tajo limpio en el pecho y después te obligan a aplaudir con las manos todavía llenas de sangre. Misery pertenece a esa estirpe: la de los espectáculos donde la técnica y el riesgo escénico se conjugan para producir ese fenómeno que no viene a entretener a nadie. Viene a recordarnos que el teatro sigue siendo el último animal salvaje que todavía no pudieron domesticar las pantallas. Ahí, donde un cuerpo transpira frente a otro cuerpo, todavía puede ocurrir el milagro o la tragedia. Y casi siempre son la misma cosa.

Julia Calvo y Juan Gil Navarro dominan la escena con una precisión admirable, pero es en el enfrentamiento entre ambos donde aparece el verdadero acontecimiento. No actúan. Se cazan. Se huelen el miedo, se arrancan la respiración, se disputan el aire como dos criaturas condenadas a vivir encerradas en una misma jaula. Hay una electricidad tan feroz entre ellos que el público deja de ser espectador para convertirse en rehén. Cada silencio pesa más que un grito. Cada mirada tiene el filo de un cuchillo recién afilado. Cada pausa amenaza con rompernos algo que ni siquiera sabíamos que llevábamos dentro.

Julia Calvo alcanza aquí una de esas composiciones que justifican una vida entera dedicada al oficio. Su Annie Wilkes es una criatura insoportable de tan humana. No necesita exagerar la locura porque entiende que el verdadero espanto siempre camina vestido de normalidad. Es madre y verdugo, santa y fiera, enfermera y condena. No busca el golpe de efecto; lo trasciende. Trabaja desde las capas más profundas del comportamiento humano, donde la ternura y el espanto conviven en una misma respiración. Es capaz de hacer reír con una inocencia desconcertante para, un segundo después, helar la sangre con apenas una inflexión en la voz o una mínima alteración en la mirada. Su actuación posee la rara cualidad de las grandes intérpretes: no representa un personaje, lo habita con una verdad tan feroz que el escenario deja de ser escenario para convertirse en una realidad de la que el espectador ya no puede escapar. Hay algo profundamente animal en su actuación, algo que no se aprende en ninguna escuela porque nace de ese lugar oscuro donde las actrices dejan de fabricar emociones y empiezan a entregar pedazos de su propia carne. Julia no interpreta un personaje: abre una herida y nos obliga a mirar adentro. Sale al escenario con la autoridad de las grandes. De esas artistas que no necesitan demostrar nada porque su sola presencia vuelve sagrado el espacio que pisan.

Frente a ella, Juan Gil Navarro construye un Paul Sheldon de una complejidad conmovedora. Su trabajo está sostenido sobre su cuerpo inmóvil que se convierte en el territorio de una batalla emocional gigantesca. Cada respiración, cada temblor apenas perceptible, cada intento por conservar la dignidad frente al horror revela un actor dueño absoluto de su instrumento. Su cuerpo casi inmóvil se convierte en un territorio devastado donde ocurre una guerra silenciosa. Y ahí aparece la dimensión inmensa de su trabajo. Gil Navarro demuestra que la intensidad no necesita estridencias: le alcanza una mirada para narrar el miedo, la esperanza, la desesperación y el deseo irrenunciable de seguir vivo. Su interpretación posee una humanidad desarmante y confirma, una vez más, que pertenece a esa categoría excepcional de actores capaces de convertir el silencio en una forma de elocuencia. Hay actores que ocupan el escenario; Juan consigue algo mucho más raro: consigue habitar el dolor sin convertirlo en espectáculo. Su fragilidad jamás es debilidad. Es una forma desesperada de seguir creyendo que la vida todavía merece ser defendida, incluso cuando el mundo ya decidió despedazarte.

La música de Martín Bianchedi no acompaña la obra: respira la accion, la infecta dulcemente. Se mete por las grietas de la escena como una humedad vieja, como un recuerdo que vuelve cuando uno juró haberlo enterrado. Hay algo hipnótico en esa partitura que no subraya las emociones; las intoxica. Les da una belleza peligrosa. Una belleza de esas que uno sabe que hacen daño y, sin embargo, no puede dejar de contemplar.

Todo ello encuentra su equilibrio en la dirección de Manuel González Gil, que dirige con la sabiduría de quien conoce el valor exacto del silencio. Su puesta posee la precisión de un reloj suizo y la sensibilidad de quien comprende que el verdadero suspenso nace del comportamiento humano. Nada sobra. Nada falta. Cada pausa, cada desplazamiento, cada cambio de ritmo está pensado con un virtuosismo escénico que convierte el texto en una maquinaria dramática perfecta. No empuja la escena: la deja respirar hasta que el aire se vuelve insoportable. Confía en sus actores como quien entrega un fósforo encendido dentro de un bosque seco. Sabe que el incendio llegará solo. Y cuando llega, no queda nada en pie. González Gil dirige con la serenidad de los grandes maestros: deja que el teatro ocurra, y cuando ocurre, sucede con una intensidad imposible de olvidar.

Misery confirma que el gran teatro no depende de artificios espectaculares, sino del encuentro irrepetible entre una dramaturgia poderosa, una dirección magistral, una música que acaricia la tensión sin sofocarla y dos actores que elevan el oficio a la categoría de arte mayor. Lo que sucede sobre ese escenario trasciende la excelencia técnica: es una celebración del teatro en su estado más puro, más feroz y más luminoso. Misery termina, sí. Las luces se encienden. La gente busca sus abrigos, sus teléfonos, sus autos, sus conversaciones de siempre. Pero hay algo que ya no vuelve con ellos. Porque el buen teatro tiene esa crueldad: modifica el cuerpo de quien lo presencia. Lo desacomoda. Lo deja un poco más roto y, al mismo tiempo, un poco más vivo.

Mientras existan funciones como esta, el teatro seguirá negándose a morir. Seguirá respirando como respiran los animales heridos: con dificultad, con rabia, con belleza. Y esa respiración, frágil y desobediente, vale infinitamente más que todas las perfecciones del mundo.






Comentarios

  1. Dios !! Jamás leí una reseña teatral tan poética, interesante y profunda Gratitud y Respeto

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