MORITE BEBA

 Por: Candelaria Saldaño Vicente

Hay algo de MORITE, BEBA que se parece a entrar a una habitación donde ya está pasando algo y, en lugar de pedir explicaciones, una decide quedarse. Algo está vivo ahí adentro. Algo se mueve, transpira, se ríe demasiado fuerte y tiene esa peligrosa capacidad de hacerte olvidar durante un rato que afuera existe el mundo con sus miserias, sus obligaciones y esa costumbre espantosa de querer que todo tenga sentido. En el Teatro Picadilly, MORITE, BEBA propone justamente eso: entregarse al juego, a la palabra, a los cuerpos y a un grupo de actores que parecen haber entendido que el teatro también puede ser una manera de sacarse la ropa del alma y quedarse frente al público sin demasiadas defensas.

El texto es fantástico, y no lo digo en ese sentido tibio con el que muchas veces se elogia una obra para salir del paso. Hay algo verdaderamente vivo en la escritura, algo que respira y que encuentra en cada diálogo una posibilidad de hacer avanzar la escena, de torcerla, de llevarla hacia un lugar inesperado. La dramaturgia tiene esa rara capacidad de hacernos sentir que las palabras no están puestas ahí para decorar, sino para producir algo en los cuerpos que las pronuncian. Y los cuerpos responden. Los actores toman ese material y lo mastican, lo estiran, lo ensucian, lo convierten en carne teatral. Hay una entrega que se agradece porque no parece calculada para gustar: parece nacida del puro placer de estar ahí, jugando juntos.

Y qué placer verlos jugar. Hay algo profundamente divertido en compartir ese tiempo con ellos, en descubrir cómo una mirada, un gesto o una reacción puede abrir una grieta por donde se mete la risa. No es solamente que la obra tenga momentos graciosos; es que hay una energía entre los intérpretes que contagia. Se nota que se escuchan, que se conocen, que se permiten equivocarse, exagerar, correrse un poco de lo previsto y volver a encontrarse. Esa confianza es una de las cosas más hermosas que puede suceder en un escenario porque el público la percibe aunque no sepa nombrarla. Uno se da cuenta de que está mirando a personas que disfrutan profundamente de estar haciendo esto juntas y entonces sucede algo muy sencillo y muy poderoso: nosotros también empezamos a disfrutar con ellas.

MORITE, BEBA tiene además esa virtud de no pedir disculpas por querer entretener. Y yo desconfío profundamente de todo arte que siente que para ser serio tiene que dejar de ser divertido, como si la risa fuera una traición a la profundidad. Acá la risa no es una fuga: es una forma de entrar. La obra encuentra en el humor una puerta hacia sus personajes, hacia sus vínculos y hacia ese territorio extraño donde lo ridículo y lo doloroso pueden convivir sin pedir permiso. Porque así somos nosotros también, aunque nos empeñemos en ocultarlo: criaturas capaces de reírnos cuando deberíamos llorar, de llorar cuando no sabemos qué otra cosa hacer y de inventarnos una fiesta en medio del desastre porque a veces la fiesta es lo único que nos queda.

Por eso, salir de MORITE, BEBA con la sensación de haberla pasado bien no es una experiencia menor. Al contrario. En una época que parece empeñada en convertir cada experiencia artística en una prueba de inteligencia, encontrar una obra que pueda abrazar al público desde el humor, desde la palabra y desde el enorme placer de sus intérpretes es casi un acto de resistencia. El teatro ocurre cuando alguien se entrega y otro acepta mirar. Acá hay entrega, hay juego y hay una platea que rápidamente entiende que puede aflojar el cuerpo y dejarse llevar.

MORITE, BEBA es una obra para dejarse tocar por el desparpajo, por el humor y por esa hermosa sensación de estar viendo a un elenco que se divierte de verdad. Y quizás ese sea su gesto más generoso: recordarnos que todavía podemos sentarnos frente a otros seres humanos, apagar por un rato la cabeza y permitirnos reír. Que todavía podemos compartir una hora y pico con desconocidos y salir felices por esta experiencia. Que todavía existe ese milagro etereo y extraordinario que llamamos teatro, donde un texto fantástico, unos actores dispuestos a jugar y un público con ganas de entregarse pueden fabricar algo que no existía antes de que se levantara el telón.

 




 

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