MILAGROS, se parte de un tribunal emocional
Por: Candelaria Saldaño Vicente
Fui a ver Milagros porque estaba Leticia Brédice. Esa es la verdad y no tengo ninguna necesidad de disfrazarla de curiosidad intelectual, de interés por la dramaturgia contemporánea ni de esas excusas que una inventa después para que sus decisiones parezcan más razonables de lo que fueron. No leí la sinopsis, no averigüé de qué trataba, no busqué entrevistas ni críticas anteriores. Fui porque estaba ella y porque hay actrices a las que una va a ver como quien va a buscar algo que todavía no sabe nombrar. Yo tenía la sensación, bastante irracional pero bastante firme, de que algo podía pasarme ahí adentro. Y pasó.
Al principio, sin embargo, no podía escuchar. El sonido estaba tan mal que durante varios minutos tuve la sensación de estar mirando a una mujer atrapada detrás de un vidrio. Yo veía que Leticia estaba haciendo algo, veía su cuerpo, su boca, sus gestos, veía que había una historia intentando nacer frente a mí, pero las palabras llegaban rotas, comidas por el problema técnico. Y me dio bronca, porque el teatro necesita de una cosa tan elemental como que alguien pueda escuchar a quien está hablando. Durante un rato no supe quién era esa mujer ni qué le estaba pasando ni hacia dónde quería llevarme la obra. Estaba ahí, sentada, mirando, tratando de reconstruir con los pedazos que alcanzaba a recibir. Hasta que finalmente el volumen subió y pude entrar. Y cuando pude escucharla, apareció Milagros como aparece una persona cuando por fin abre la puerta de una habitación en la que estuvo encerrada demasiado tiempo.
La obra entra en un lugar que a mí me interesa especialmente: ese territorio enfermo y hermoso en el que la vida y la muerte dejan de ser dos cosas distintas y empiezan a tocarse, a confundirse, a hacerse daño. Porque el cuerpo no sabe de esas fronteras. El cuerpo es una cosa mucho más brutal. Se enferma, sangra, desea, se rompe, se recupera, vuelve a romperse. Y una mujer puede pasar por todo eso mientras los demás hablan sobre ella como si su cuerpo fuera una propiedad pública, una cosa que cualquiera puede tocar, examinar, decidir, juzgar o abandonar.
Milagros es una mujer nacida en una clase alta, pero eso no parece salvarla de nada. Y quizás ahí esté una de las crueldades más interesantes de la obra: descubrir que hay cuerpos a los que ni siquiera el privilegio consigue proteger completamente cuando entran en determinadas instituciones. Los hospitales públicos aparecen entonces como un territorio feroz, con sus pasillos, sus esperas, sus cuerpos cansados, sus médicos, sus procedimientos y esa forma tan particular que tiene la institución de convertir el dolor de una persona en un expediente. Hay algo de una violencia cotidiana en esas escenas que no necesita gritar para lastimar. El cuerpo llega desesperado y el sistema le responde con una silla, un número, una demora, una puerta cerrada.
Y después está Leticia.
Porque una obra puede tener una buena dramaturgia, puede tener ideas interesantes, puede hablar de la vida, de la muerte, de la enfermedad, del deseo y de los hospitales, pero si no aparece alguien capaz de hacer que todo eso tenga carne, las palabras se quedan ahí, flotando como ropa tendida en una casa vacía. Leticia le pone carne.
La escuchaba hablar y yo veía lo que estaba contando. No necesitaba que la escenografía me explicara demasiado porque ella podía construir una habitación con una mirada, un recuerdo con una respiración, una vida entera con la manera de decir una frase. Hay actrices que dicen un texto y hay actrices que consiguen que una vea detrás del texto todo lo que no están diciendo. Leticia pertenece a esas últimas. Y eso no es solamente talento. Hay algo más peligroso ahí: una entrega que hace que una actriz deje de parecer una actriz durante un rato y se convierta en otra cosa, en una mujer que viene a contarte algo porque ya no puede guardárselo adentro.
Yo le creí. Y cuando una actriz consigue eso, ya no importa demasiado dónde termina la ficción y dónde empieza una. Porque una empieza a reconocer cosas que quizás nunca vivió de esa manera, pero que el cuerpo reconoce igual. Una enfermedad, un hospital, una espera, una persona que amamos, una persona que perdimos. El teatro tiene esa capacidad monstruosa de meterse en lugares que una creía cerrados y encender una luz ahí adentro.
La relación con Mario fue otra de las cosas que más vivas me quedaron. Hay algo en esa historia de amor que no se deja domesticar por la tragedia. No se vuelve solemne. No pide permiso para ser absurda, tierna, mordaz, incómoda. Y justamente por eso funciona. Porque el amor, cuando es verdadero, rara vez tiene la dignidad que después le inventamos. El amor es también una estupidez, una necesidad, una herida que una vuelve a tocar para comprobar que todavía duele. Mario aparece desde ese lugar y por eso queda respirando dentro de la obra.
Pero fue el final el que me terminó de romper... una frase que todavía tengo metida en la cabeza: “no me prenden los...”. No quiero completarla. No quiero hacerlo porque así quedó en mí, suspendida, incompleta, como quedan algunas cosas que nos suceden y que no sabemos terminar de explicar. La escuché y algo se me movió adentro. Me hizo lagrimear. No fue un llanto enorme ni una tragedia de película. Fue esa humedad inesperada que aparece en los ojos cuando algo consigue tocar una parte de una que estaba desprevenida.
Y primero pensé que no sabía por qué estaba llorando. Después entendí que sí. Estaba llorando porque le había creído. Porque durante un rato esa mujer que estaba delante mío no era una actriz diciendo un texto. Era Milagros. Y yo estaba ahí, mirándola vivir, enfermarse, recordar, amar, atravesar hospitales, acercarse a la muerte y volver de ella como quien vuelve de un lugar del que nadie vuelve igual. Eso es lo que una espera del teatro aunque muchas veces no sepa que lo está esperando: que alguien consiga hacerle creer una mentira hasta que esa mentira se vuelva más verdadera que algunas cosas de nuestra propia vida.
Por eso salí agradecida. No solamente por la historia, ni por lo que la obra dice sobre el cuerpo, sobre la muerte, sobre las instituciones o sobre la manera en que una mujer puede ser mirada y tratada por los demás. Salí agradecida porque vi a una actriz hacer algo que parece sencillo hasta que una intenta hacerlo: estar ahí y conseguir que le creamos.
Y quizá por eso fui al teatro sin saber nada de Milagros. Fui porque estaba Leticia Brédice. Fui por una intuición. Fui a ver qué podía pasar. Y me pasó una actriz. Una actriz que, por un rato, consiguió que una mujer inventada me doliera como si hubiera existido.

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